Adiós a Camilo Sesto, el gran cantante de musicales que no fue

Camilo Sesto cartel en NY
Cartel de Camilo Sesto visto en Nueva York en abril de este año

Ayer domingo 8 de septiembre falleció Camilo Sesto. No era demasiado mayor ya que tenía 72 años, pero sus problemas renales lo llevaron a un fallo cardiaco del que no se pudo recuperar. Poco después se comunicó la noticia vía Twitter y cuando nos despertamos, lo supimos.

Todos los medios empezaron a resaltar su figura de compositor y cantante melódico, cuyos éxitos se remontan a los años 70 y 80, y en Suramérica donde, al parecer, seguían venerándolo. Incluso tenía prevista una actuación en junio pasado en Nueva York, como se puede ver en la imagen que acompaña a este texto. Yo no vengo a quitarle la importancia que tiene para la historia musical de este país, sólo a dar la César lo que es del César.

Es verdad que tenía una gran voz y que sus composiciones se convirtieron en grandes éxitos. Vendió lo que quiso y más, y fue reconocido y valorado como el gran artistas que era, aunque últimamente ejercía más de ídolo venido a menos que no acepta su propio declive. A mi personalmente, lo que más me gusta de su repertorio es el musical Jesucristo Superstar. Me parece una apuesta atrevida para un cantante melódico con un cambio de registro que, en mi opinión, debería haber seguido desarrollando. Creo que nos hemos perdido a un gran cantante de musicales en favor del edulcorado estilo melódico que pitaba en los 70-80.

En herencia quedan sus temas como los más solicitados en los karaokes (junto con los de Julio Iglesias, sin duda), sus trajes pata de elefante (el más icónico uno blanco con el que cantaba Vivir así), su melena imposible peinada a raya, sus playbacks a saco, los pósters de la Superpop con pinta de yerno sexy, y una figura estrambótica en los últimos años de su vida. Pero sobre todo me quedo con su brutal interpretación de Getsemaní y sus tremendos falsetes, que me ponen los pelos de punta.

Adiós Camilo, aunque no te has ido del todo. Seguirás viviendo en nuestros micrófonos y en nuestras voces desafinadas.

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